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La escalera y Lie Tse

Hoy hemos hecho un nuevo juego en clase de 2º curso. Se llama la escalera. Se dibuja una ídem en la pizarra. Número de peldaños, a voluntad –hoy, seis–. En el primer peldaño se escribe una palabra cualquiera, y otra en el último. Quedan vacíos, por lo tanto, cuatro. Los alumnos tienen que llenarlos con palabras que lleven de manera lógica y escalonada, de la primera a la última.
La cosa es comenzar con palabras relativamente próximas –flor y estación, por ejemplo– para, una vez que los alumnos han cogido la dinámica, poner palabras aparentemente lejanas en su significado. Así ponemos a prueba la madurez lingüística de los alumnos, que muchas veces nos sorprenden.
Hoy G., una niña de 2º A, ha unido las palabras limón y tonto con la siguiente cadena: limón, té, antiguo, conocimientos, sabio, tonto. La explicación ha sido la siguiente:
El limón hay mucha gente que lo pone en el té. Beber té es una costumbre muy antigua en China. Los antiguos acumularon muchos conocimientos. Quien tiene muchos conocimientos es sabio. El sabio casi siempre suele parecer tonto.
Es una reflexión chinísima. Los clásicos taoístas insisten una y otra vez en el hecho de que el sabio se aproxima mucho al tonto en su actitud. El vacío mental, la despreocupación, la aceptación silenciosa y profundamente humana de todo lo que sucede más allá del alcance de nuestra voluntad son características deseadas por los maestros taoístas.
Me viene ahora a la cabeza, por ejemplo, uno de los preciosos cuentos del Tratado del vacío perfecto, de Lie Tse. Este sabio nació hacia el año 450 A.C. Como buen practicante de la doctrina que difundía, fue pobre y humilde. El Tratado del vacío perfecto es un libro amenísimo que expone con gran sentido del humor el pensamiento taoísta chino, aunque, dicen los expertos, de forma moderada y muy influida por el confucianismo.
El cuento al que me refiero dice así:

Un hombre, padre de familia responsable y buen trabajador, cae de repente en un estado mental de ausencia. Pasa los días embobado, sin moverse, mirando al techo, comiendo y bebiendo lo necesario para mantenerse vivo. La mujer y los hijos, ya crecidos, lo llevan al doctor, quien, después de un análisis exhaustivo y una profunda reflexión, asegura a la familia que podrá curarle en unos días.
El médico despliega todo su conocimiento: le hace beber brebajes curativos de hierbas, le hace masajes, recita oraciones y, apenas una semana después, el hombre recupera la cordura.
La alegría es inmensa. El médico está orgulloso de su poder y los familiares se alegran enormemente de tener a su padre y marido de vuelta. Sin embargo, el hombre reacciona airadamente y comienza a gritar y a golpear al médico y a su propia familia. “¿Por qué me habéis traído de vuelta a mis problemas? –les dice–. ¡Otra vez a desvelarme por el estado de las cosechas, la salud de los animales y vuestro bienestar! ¡Con lo feliz que estaba yo en mi mundo, sin más desvelos que una piedra!”
No tengo el cuento original delante, así que lo he parafraseado. Espero no haber trastocado su significado.
Es bonito hacer el juego de la escalera. Nos demuestra lo diferentes que son en ocasiones los razonamientos de personas pertenecientes a diferentes culturas. A una chica español de 19 años difícilmente se le hubiera ocurrido una idea como la que G. expuso tan acertadamente en clase, aunque no faltan en nuestra tradición sabios que, como Diógenes, consideraban la sabiduría algo muy próximo a la idea taoísta.

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Animales

“Cuando miramos las cosas, frecuentemente suponemos que cuando dos de ellas se parecen externamente deben ser similares internamente. Sin embargo, el sabio sabe que las apariencias no nos pueden decir cómo es algo por dentro. Algo puede parecerse a un humano y, no obstante, no ser tan inteligente como un humano; y algo puede no parecer humano y, sin embargo, ser tan inteligente como un ser humano.
Nosotros también tendemos a ser atraídos hacia cosas que se nos parecen y distanciarnos de aquellas que no se nos parecen. Cuando vemos algo de aproximadamente un metro setenta que camina sobre dos piernas, lo llamamos ser humano e inmediatamente nos sentimos amistosos con él. Cuando vemos algo que camina sobre cuatro patas, vuela o se arrastra, inmediatamente sentimos que es diferente de nosotros y tenemos miedo. Sin embargo, el sabio sabe que algunos animales son tan inteligentes y cariñosos como los seres humanos, y que algunos seres humanos son tan salvajes como animales. ¿Quién puede juzgar por las apariencias?
Los benefactores de la humanidad –la diosa Nu que nos creó, el sabio Sheng-nung que nos enseñó agricultura, y muchos de los maestros de la humanidad de la Antigüedad– no se aparecen en forma humana. Algunos tienen cuerpo de serpiente, otros tienen cabeza de toro, pero incluso hay otros que tienen alas y garras. Por otra parte, los tiranos que esclavizaron a los pueblos y mataron inocentes son humanos en apariencia. Así pues, ¿cómo podéis juzgar algo simplemente por su apariencia? (…)
Realmente, los animales son muy semejantes a los seres humanos. Saben cómo cuidarse, se aparean, cuidan a sus crías, evitan el peligro y buscan calor y cobijo. Cuando viajan, los fuertes protegen a los jóvenes. Algunos otean el agua, otros encuentran las pistas y algunos vigilan el peligro. ¿No es esto lo que los seres humanos inteligentes hacen?”

Lie Tse
Tratado del vacío perfecto
Clásico taoísta escrito entre la dinastía Han y la dinastía Chin (200 a. de C – 400 d. de C

Prosigue el viaje

…por poco tiempo. Vuelvo a Dalian pasado mañana por la mañana. Escribo desde un albergue de Xi’ian. Ya estoy organizando las notas de nuestras aventuras, para contároslas en cuanto llegue. Os dejo mientras dos pequeñas reflexiones sobre el viaje, ambas chinas:

“El viajero de verdad no sabe qué le gusta; el observador perfecto no sabe qué le llama la atención. Todo lo impulsa a viajar y a la contemplación. Eso es lo que yo llamo “viajar”… Por eso te digo: viaja a la perfección”.
Lie Tse, Tratado del vacío perfecto.

Soy del Este, del Oeste, del Norte y del Sur,
Pertenezco al pueblo de los vientos y las olas.
Medio siglo por los cuatro continentes
Dejará en mi jardín cincuenta primaveras…
Huang Tsuhsian (1848-1905)
Pues eso. Hasta pronto!