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Herodoto, el vago.

Llevo una semana como loco: ha llegado a la biblioteca de mi universidad el cargamento de clásicos grecolatinos que pedí hace unos meses: Jenofonte, Catulo, Plutarco, Aristófanes, Ovidio y tropecientos autores más cuya ausencia clamaba desde las estanterías con voz firme, pero baja (para no molestar a los estudiantes que duermen a pierna suelta en las mesas de estudio).

Como tenemos un buen presupuesto, los he pedido en la edición de Gredos. Casi se me saltaron las lágrimas al verlos, formando todos tan serios, con su lomo azul oscuro y sus letras doradas. Qué empaque. Me gusta, por cierto, la cubierta de papel en blanco, azul y oro que Gredos pone ahora a algunos de sus libros (no sé por qué a algunos sí y a otros no).

El caso es que he comenzado mis lecturas por la Historia de Herodoto. Como supondrá cualquiera que se lo haya leído, me lo estoy pasando como un enano. Es curioso: los grandes historiadores de la antigüedad tenían espíritu de portera. Ya tuve la misma sensación con Suetonio y con Tácito, y Herodoto cojea del mismo pie: le encantan los chismes, así que la simpatía ha sido inmediata. Solamente lamento que esté criando malvas y no pueda contarme de viva voz todas estas anécdotas sobre persas y egipcios. Seguro que era un estupendo conversador. En el último párrafo que me he leído habla de no sé qué rito religioso en el que un macho cabrío se apareaba con una sacerdotisa. Y nosotros pensando que la pornografía extrema era cosa del decadente siglo XX…

Pero además de su talante marujil me encanta de Herodoto otra cosa: su soberana vagancia. Pasa del lector olímpicamente –y nunca mejor dicho–. Dice, por ejemplo, al hablar de los dioses egipcios:

“Pues bien, los pintores y los escultores representan y esculpen la imagen de Pan como lo hacen los griegos, con cabeza de cabra y patas de macho cabrío; no porque crean, ni mucho menos, que sea así –al contrario, lo consideran semejante a los demás dioses–, pero no me apetece explicar por qué lo representan de esa manera.”

Hala, desfilando… Quien quiera saber por qué, que lo mire en la Wikipedia. En la página siguiente, se permite además, cierta chulería:

“La explicación de que hayan aborrecido los cerdos en las demás festividades y en esa, en cambio, los sacrifiquen se encuentra en una historia que, sobre el particular, cuentan los egipcios; pero, aunque la conozco, no estimo muy oportuno referirla.”

Lo sé, pero no te lo digo. ¿No es genial? Aunque a uno le importe un bledo la historia en cuestión, en cuanto lee esta frase se muere de ganas de saberla. A eso se le llama manejar el suspense con inteligencia.  Y no hablemos ya de los títulos de algunos capítulos. Sirva este ejemplo: “”Historia novelesca de Rampsinito, con un apéndice sobre creencias de ultratumba”. Me pararía a leer algo titulado así aunque estuviera escrito en la pared de un cuarto de baño.

En fin, que leáis a Herodoto. Sobre todo, los que seáis, como yo, cotillas natos. Al fin y al cabo, es mucho más interesante saber cosas de Ciro, que cambió la historia de la humanidad, que de la Esteban, que es un aborto del infierno. Cierto es que la muerte iguala a todos, y que polvo somos y en polvo nos convertiremos. Pero algunos, no nos engañemos, somos más polvo que otros y Sócrates, por muy muerto que esté, sigue siendo Sócrates.

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Diario de verano I

Ya estoy en suelo patrio. Llevo aquí una semana exacta, y todavía no he salido del todo de la nube de estupor que me provoca el famoso jet lag. Estoy en Galicia, pero el domingo me vuelvo a Madrid para participar en un congreso de hispanistas que se celebra en Alcalá de Henares. Viene Francisco Ayala, con sus ciento y pico añazos. También me reencontraré con una antigua alumna de China que ahora estudia un máster en Barcelona.

La aldea se conserva como siempre. Poca gente –el tiempo, oscilante, no invita a la playa– corredoiras vacías, moras casi en su punto en las silveras  y una vaca –¿la última de Covas? Espero que no–, justo frente a mi casa, que muge todas las tardes para que la vengan a recoger cuando se cansa de pastar al sol. Vida. Es bueno volver y mirar la luz del faro de cabo Prior antes de dormir.

Ayer terminé de leer los seis primeros libros de los Anales de Tácito, que forman el primero de los dos volúmenes en los que la editorial Gredos los publicó. Es muy interesante, pero he echado de menos a Suetonio, que en su Vida de los doce césares se comporta como una auténtica portera y cuenta todo con pelos y señales, hasta lo más truculento. Su Tiberio es mucho más divertido, más cruel, más degenerado… Funciona mejor como malo. Eso sí, la prosa de Tácito es casi perfecta: sobria y elegante. Un gustazo.

Hoy empezaré El tercer policía, de Flann O’Brien, que Susana, la librera de Hiperión –gallega, por cierto–, me ha recomendado. Me tiene el punto cogido y siempre acierta: sé que me lo pasaré bien. Me espera en la recámara la famosísima trilogía Millenium, con sus tres tomacos tamaño buque destructor. A ver si me enganchan. Como siempre que vuelvo a España, releo antes de dormir tres poetas, así al tuntún, según se abra el libro: San Juan, Pessoa bajo el heterónimo de Alberto Caeiro, y Fernández de Andrada. Su Epístola moral a Fabio es una de las joyas de la literatura española y un ejemplo de lo que podría ser Europa ahora si el humanismo hubiera prevalecido. Es una llamada a la virtud de la vida humilde, y siempre me siento mal cuando llego a los siguientes versos:

¡Mísero aquél que corre y se dilata

por cuantos son los climas y los mares,

perseguidor del oro y de la plata!

Un ángulo me basta entre mis lares

un libro y un amigo, un sueño breve,

que no perturben deudas ni pesares.

Cierto es que yo no corro detrás del oro y la plata, y que si así lo quisiera nunca hubiera elegido la carrera de profesor, y que las deudas no perturban mis siestas allá en Taiwán, pero no son pocas las veces que me pregunto qué pinto yo en una Isla del Océano Pacífico en lugar de recogerme en esta aldea a leer, a pasear con mi familia y mis amigos… A veces me gustaría mugir para que vinieran a recogerme, no lo niego. Pero sé que es un espejismo de veraneante, y que cada vida tiene sus cuitas, y que si yo estuviera aquí todo el año no me iba a parecer tan bucólico el asunto.

Bueno, pues aquí estoy. Prometo cumplir con el blog, llenarlo, aunque sea, de comentarios intrascendentes como los de esta primera entrega del diario de verano. Libros y vida campestre, no esperen otra cosa.

¡Saludos!