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Sherlock está vivo

 

 

 

 

 

Las series en inglés forman parte importante de mi vida. Es, no lo dudéis, una confesión de amor. Me acompañan a la hora de la cena -triste siempre para los solteros, aunque más para muchos casados-, y me dan la dosis justa de ficción que necesito cada día.

Desde que comencé a practicar esto de la pasión serial son muchas las que he visto. Recuerdo todavía con emoción los primeros capítulos de Heroes, que veía recién levantado, durante los fríos amaneceres manchúes, antes de coger el autobús para ir hasta aquel pueblo de pescadores donde estaba mi universidad. Vinieron después Dexter, True Blood, Medium (que siempre he visto con especial curiosidad, pues transcurre en Phoenix, donde vive mi prima Bárbara, y me encanta hacerme una idea de cómo se vive por allí), Dead Wood, Los Soprano y tantas otras. Y aunque mi corazón hoy pertenece a Luther (gracias, Luis García y Luis Lloret por la recomendación), escribo esta entrada para hablar de la maravillosa Sherlock.

Quienes me conocéis sabéis de sobra que siento debilidad por Sir Arthur Conan Doyle, y en especial por la más carismática de sus creaciones: Sherlock Holmes -aunque siempre haya preferido a Watson-. Él, que ocupa por derecho un lugar en el Olimpo de los grandes mitos literarios, has sido, probablemente, uno de los más traicionados por posteriores versiones, refritos e interpretaciones. Hay, en mi opinión, dos Sherlocks. El original -un ser difícil, contradictorio, demasiado consciente de su superioridad intelectual, acomplejado emocionalmente y ciclotímico- y el producto de cultura popular, principalmente cinematográfica -plano, pobre, sin sombras y dueño de la estúpida frase “elemental, querido Watson”, que no aparece ni una sola vez en las novelas-. La amarga guinda del pastel fue la peliculilla que Guy Ritchie grabó en el 2009. Estética de videoclip, muchos puñetazos, una historia estúpida y unos actores que ni se habían leído los cuentos.

Hasta ahora, solamente había para mí dos excepciones en la trivialización peliculera del personaje: La vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder, magnífica se mire por donde se mire, y la inocente, pero fascinante para un niño, El secreto de la pirámide, de Steven Spielberg, que se centra en los aspectos más folclóricos de Holmes, pero consigue reflejar su encanto.

Hasta ahora, decía. Porque la BBC ha dicho, con Sherlock, la última palabra. En solamente tres episodios, la serie actualiza al personaje y lo convierte en un habitante más del atestado Londres del siglo XXI. Y lo increíble es que consigue ser más fiel a su espíritu que muchas versiones de época.

Los guiños a los lectores de Holmes son constantes en Sherlock: por ejemplo, las originales adicciones del detective -heroína y cocaína según su estado de ánimo- han sido sustituidas por una dosis triple de parches de nicotina cuando necesita concentrarse en un caso. La relación entre el protagonista y Watson está muy bien recogida, e incluye alguna que otro chiste a costa de la supuesta homsexualidad de Sherlock -tema que ya surgía en la película de Wilder-. El carácter de Holmes recuerda mucho al de las novelas: genial, pero desequilibrado, melancólico, intratable a veces, excesivamente consciente de su superioridad intelectual, celoso guardián de sus secretos más íntimos. Los admiradores de las viejas historias agradecerán, además, la aparición de Mycroft, el hermano inteligente de Sherlock, que pocos directores se han atrevido a sacar a la palestra, y que, en un interesante juego, el espectador leído confundirá, en un primer momento, con Moriarty, la némesis del detective.

Pero este asunto se merece un párrafo aparte. Porque los malos de Sherlock son de lo mejor de la serie. El taxista asesino del primer capítulo convence hasta tal punto que ahora voy a todas partes en bicicleta. El grupo de acróbatas chino -los criminales del segundo episodio-, y la historia del grupo mafioso del Loto Negro son también fantásticos y rinden homenaje a la parte más exótica de aquel imperio inglés en el que Holmes vivía y que llegó hasta los últimos rincones de Asia. ¿Y qué decir de Moriarty? Su nombre me produce escalofríos. Tenía miedo de verlo en carne y hueso, después de habérmelo imaginado tantas veces. Y no defrauda. El actor que lo encarna está, no lo niego, un poco sobreactuado, pero la trama del último capítulo, que gira alrededor del esperado encuentro de los dos archienemigos, es trepidante, y la aparición de Moriarty, al final, convence.

Pero lo mejor de todo, amigos, es ver que una de las grandísimas creaciones de la cultura popular sigue funcionando hoy en día. Sherlock está tan vivo como en la primera página de los relatos de aquel inmenso escritor y fascinante personaje que fue Sir Arthur Conan Doyle.

No os la perdáis. Yo, mientras, seguiré releyendo a Holmes mientras llegan nuevos capítulos de Sherlock. God save the BBC.

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Crespón negro por Sherlock

Recuerdo que metí aquel libro en mi mochila por la sencilla razón de que abultaba poco. Era un volumen de obras completas, en octavo, de la editorial Aguilar. 1961, papel biblia, encuadernación de piel roja, casi mil doscientas páginas. Con él me fui a Sicilia a ver a aquella novia mía que me quería más bien poco.
Era el mes de diciembre de 2002. Aún estaba afectado por las crisis de pánico que había sufrido hacía unos meses, antes del verano, y además había dejado de fumar. No lo estaba pasando bien, y el viaje complicó aún más las cosas. Fue un auténtico desastre, el principio del fin de aquella relación que entonces me importaba tanto.
Para rematar, la noche antes de volver a España sufrí un cólico que me arrastró al Hospital Universitario de Messina. Compartía habitación con Orazio Germanelli, ex-camionero y pescador de pez espada, que había llegado allí por “il troppo mangiare”. La planta estaba prácticamente desierta, y me encontré cara a cara con mis miedos más antiguos. La soledad, el desamor, la enfermedad. De vez en cuando, en la noche, se oían gritos lejanos, y yo no podía conciliar el sueño.
Fue entonces cuando recordé el librito que había traido conmigo. No me inspiraba especialmente, pero era lo único que tenía a mano. Lo abrí y empecé por la introducción -deformación profesional-. Me sorprendí al comprobar que no la había escrito un crítico, sino un creyente. El tono me pareció excesivo, y me desagradó un poco, pero seguí adelante. Recuerdo bien el título de la primera novela: Estudio en escarlata, publicado en 1887.
Es difícil explicar cómo cambió aquel libro la incómoda situación que vivía. Me alejó del dolor y de las preocupaciones, y fue mi compañero desde el alba hasta bien entrada la noche durante toda aquella semana.
Yo también me convertí en un creyente, y lo soy todavía. Sir Arthur Conan Doyle es uno de mis escritores favoritos. Desde aquel viaje a Messina lo he leido prácticamente todo, y todo me ha gustado, pero Sherlock Holmes sigue teniendo el aura especial de los grandes descubrimientos de la vida. He releído sus casos una y otra vez, he buscado información y fotos en internet, incluso me he inscrito en algunos clubs de lectores. Sin embargo, hubo algo que no hice hasta ayer mismo.
Me refiero a terminar todas las novelas y cuentos de los que es protagonista. He intentado demorar este momento, pero tenía que llegar, inevitablemente. La soledad de China y la ausencia de otros libros me han llevado a apurar el segundo de los tomos de las obras completas dedicados al detective inglés. Y he disfrutado muchísimo cada línea. La edición en que lo he leído siempre, la de Aguilar del 61, que pertenecía a mi abuelo, me ha acompañado en muchas ciudades, en tres países, en dos continentes.
Conan Doyle y Sherlock no se llevaron siempre bien. Consciente de que no se trataba de su mejor obra y de que, sin embargo, eclipsaba a todas las demás, el primero intentó matar al segundo. Fue inútil. Inglaterra entera se vistió de luto. Los lectores prendieron crespones negros de sus sombreros de copa, las lectoras de su pecho. Hasta la mismísima madre de Sir Arthur le reconvino por la decisión. Finalmente, nueve años después, se publicó la historia La aventura de la casa deshabitada, en la que Holmes reaparece disfrazado de anciano coleccionista de libros ante un sorprendido y feliz doctor Watson. Conan Doyle se había rendido a la evidencia: quizás los cuentos de su detective no eran lo mejor que salía de su pluma, pero su personaje se había convertido en un referente, en un arquetipo, en El Detective, para la memoria colectiva de Gran Bretaña primero, después para la de todo Occidente.
Yo no llevo sombrero, ni se hacerme un crespón negro, pero siento un poco de pena. Sé que no habrá casos nuevos, nuevas aventuras. Lo que he leído es lo que hay, y punto. Sin embargo, cuento con el mayor aliado del buen lector: el olvido. Pasarán los días, los meses, los años, y yo olvidaré los casos de Sherlock Holmes. Podré volver a ellos como si nunca los hubiera tocado, o casi. Relampagos de luz inundarán mi cabeza mientras los releo, pero no darán la suficiente claridad como para fastidiarme la diversión, inigualable, de que el genial detective me lleve de la mano hasta un culpable que siempre se cree por encima de la ley.
Si alguna vez me hacéis caso en la vida, que sea ésta. Leed a Conan Doyle, y muy en especial las novelas de Sherlock Holmes. El día que empecéis, os arrepentiréis de no haberlo hecho antes.