Archivo de la etiqueta: Ryszard Capuscinsky

Reflexiones sobre el Otro

Si últimamente escribo poco en el blog es, entre otras cosas, porque estoy leyendo libros estupendos. Creo que esa es una de las mejores cosas de la literatura: que nunca se acaban las obras interesantes. Dos de esos libros coinciden en el tema: cómo enfrentarse, en esta postmodernidad globalizada, al Otro.

El primero, Encuentro con el Otro, es una recopilación de conferencias del periodista polaco Ryszard Capuscinsky, que dedicó toda su vida profesional a temas relacionados con el Tercer Mundo. Me lo recomendó un amigo que, a su vez, ha tenido y tiene una relación importante con la misma realidad y que ha necesitado aprender a reflejar su identidad en la de otras personas –personitas, por ahora, aunque crecen rápido y con fuerza–, pues ha adoptado niños de otros continentes. El segundo, El miedo a los bárbaros, del búlgaro Tzvetan Todorov, es una crítica implacable al discurso de miedo y odio de los líderes islamistas y occidentales, una llamada a la reflexión prudente y a la desactivación de las realidades que producen la espiral de violencia absurda en la que nos hallamos.

Dos ideas me han interesado especialmente del libro de Capuscinsky. La primera, que necesitamos al Otro para conocernos a nosotros mismos. La segunda, proveniente, por lo visto, de un sacerdote y filósofo también polaco y apellidado Tischner, es que la única salida a este mundo embrollado de odio no es solamente aceptar al Otro, sino responsabilizarnos de él porque sí, por premisa ética. Toma idea potente. Tomad banqueros, FMI, líderes mundiales, tomemos todos. He aquí una idea radical: encontrarse con alguien diferente, sobre todo si lo está pasando mal, si está sólo, lejos de los suyos, perdido, y decirle: no te preocupes más, yo cuido de ti. Eres mi responsabilidad y no voy a abandonarte.

Del libro de Todorov, menos sentimental y personal, pero muy penetrante desde un punto de vista intelectual intenta, me quedo con una idea también importante: las culturas estancas no existen, porque mueren si detienen su crecimiento. Todos nosotros somos una mezcla viva, cambiante, de diversas culturas. Los ciudadanos de a pie manejamos ese magma que es nuestra identidad, compleja y poliédrica, con comodidad, sin aspavientos.

Y es verdad. En mi opinión son determinados políticos –incluyo en esta categoría a los líderes religiosos– los que quieren obligarnos a elegir, los que nos piden que amputemos una parte de nosotros si queremos considerarnos “puros” españoles, gallegos o cristianos. Por lo tanto, es absurdo deducir los rasgos de nuestras personalidades individuales de la pertenencia a una cultura o a una nación, decir: “los gallegos somos así”, “los chinos son asá”, porque siempre, en cada persona, hay otros factores que cuentan, que la enriquecen, que la hacen Individuo, es decir, un ser único. Dice Todorov:

Podemos admitir la necesidad de hablar de culturas sin caer en los errores del “culturalismo”, en la deducción de todos los rasgos del individuo en función de su pertenencia cultural, como hacía el racismo en el pasado.

Capuscinsky está completamente de acuerdo con esta idea, y comparar también racismo con culturalismo –el culturalismo de los nacionalismos, en particular–. Dice, hablando de su Otro, del Otro que ha hallado en sus viajes:

Al igual que el racismo, el nacionalismo es un instrumento de identificación y clasificación que mi Otro emplea en todas las ocasiones que se le presentan. Se trata de un instrumento primario, primitivo, que achata y superficializa la imagen del otro, pues para el nacionalista el Otro no tiene sino un único rasgo: su adscripción a una nación. No importa si es joven o viejo, tonto o sabio, bueno o malo; sólo importa una cosa: si es armenio o turco, inglés o irlandés, marroquí o argelino. Cuando vivo en aquel mundo de nacionalismos exacerbados, no tengo nombre, ni profesión, ni edad; no soy más que un polaco. (…) El rasgo más peligroso del nacionalismo es que a él va indisolublemente unido el odio hacia el Otro. La dosis de ese odio puede variar, pero su concurrencia es segura.

No os enfadéis aún: como veis, el autor habla del nacionalismo exacerbado. Es todo una cuestión de grado, y a título individual los nacionalistas pueden no odiar ni un poquito al Otro. Como doctrina, como movimiento cultural, que aspira a crear opinión ese odio sí está presente: en Rosalía, en Risco, en Pondal, y en toda la literatura nacionalista española –y en la de cualquier otro país– existe ese reduccionismo de la identidad del Otro al factor nacional, de la interpretación de su identidad al hecho de que son de otro lugar diferente.

Por supuesto, odiar al Otro no significa odiar a todos los Otros. Normalmente con uno o dos es suficiente. Suelen ser nuestros vecinos, y eso provoca paradojas como las que ya discutimos sobre Castelao, que defendía a los negros del terrible racismo de la sociedad estadounidense de la época, pero hablaba con desprecio venenoso de la impureza racial de los españoles.

El caso es que, con el papelón que tenemos montado en el mundo –países invadidos sin motivo, guerras auspiciadas por multinacionales, consumismo irresponsable que causa millones de niños esclavos, líderes apelando a la destrucción del otro y demonizando a todos aquellos que trabajan por su integración, infinitos flujos migratorios de los más pobres hacia los más ricos, y una crisis económica que, como muy bien dice mi padre, es en realidad una crisis de valores– tenemos que abandonar el discurso reduccionista y desconfiado sobre el Otro. Y sí, responsabilizarnos de él, aunque suene utópico. Del que vemos y del que no vemos.

Les recomiendo que lean ambos libros. A mí me ha dado esperanza comprobar que existen intelectuales de primer orden que ponen su mente y se experiencia al servicio de las soluciones pacíficas. Que nos todos son bushes, orianas fallacis, pondales y pemanes. Que hay quien distingue entre cultura y culturalismo, y que propone que avancemos unos hacia otros con la seguridad que nos da nuestra pertenencia a un colectivo, con amor y respeto por nuestra cultura, pero dispuestos a escuchar al Otro , a entender su riqueza y su complejidad.

Para cerrar, quisiera citar un párrafo precioso en el que Capuscinsky se pregunta sobre los desafíos de la futura convivencia y cita,  a su vez, a uno de mis escritores favoritos: Joseph Conrad:

¿Quién será ese nuevo Otro? ¿Cómo transcurrirá nuestro encuentro? ¿Qué cosas nos diremos? ¿En qué lengua? ¿Sabremos escucharnos? ¿Sabremos entendernos? ¿Sabremos, entre los dos, seguir aquello que –en palabras de Joseph Conrad– “habla de nuestra capacidad de alegria y de admiración, dirígese al sentimiento del misterio que rodea nuestras vidas, a nuestro sentido de la piedad, de la belleza y del dolor, al sentimiento que nos vinvula con toda la creación; y a la convicción sutil, pero invencible, de la solidaridad que une la soledad de innumerables corazones: a esa solidaridad en los sueños, en el placer, en la tristeza, en los anhelos, en las ilusiones, en la esperanza y el temor, que relaciona cada hombre con su prójimo y mancomuna a toda la humanidad, los muertos con los vivos, y los vivos con aquellos que aún han de nacer”?

Ojalá que sí.

Anuncios