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trajinando

Valor y a la polémica.

Quien haya estado en España las dos últimas semanas no habrá tenido más remedio que atender, a la fuerza, a la santa indignación de quienes, enarbolando la bandera de lo políticamente correcto, han arremetido contra Fernando Sánchez Dragó.

Todos conocemos al personaje -me temo que pocos a la persona-: vacilón, provocador de lengua depilada, diablo de verbo fácil, cantamañanas -según algunos-. Siempre, desde que dijo su primera palabra, ha cojeado de la misma pata de pirata, y no es la primera vez que le oímos hacer afirmaciones que bordean lo intolerable según la moral de la mayoría, que no tiene por qué -me duele tener que puntualizarlo- ser la correcta. Precisamente esa forma de ser -y de hablar- suya le ha granjeado no pocos enemigos, casi todos huéspedes del mismo redil ideológico y mediático.

Sea. No creo que tema a tales molinos. Pero seamos sinceros -todos, incluso los que ya tienen la piedra en la mano-. ¿Cuántos de los latigazos en las espaldas del reo son causados por la actual polémica y cuántos por una vieja manía personal?

Los últimos en unirse al aquelarre han sido un puñado de libreros valencianos. Airados y orgullosos de su integridad moral, retiran, con gesto amplio -y bien visible- su libro de las estanterías. Pues vale. No será la primera vez que alguien se niegue a vender un libro. Están en su derecho. Pero que sean coherentes: que sigan con a Biblia (en la que se justifican múltiples crímenes y se nos cuenta, por ejemplo, la historia de cómo Lot ofrece a sus dos hijas menores de edad como juguete sexual a sodomitas y gomorritas y cómo ellas, poco después, emborrachan a su padre para quedarse embarazadas de él), con la maravillosa novela Lolita, una de las que, sin duda, hace grande la literatura del siglo XX, con las encíclicas del ex nazi y ocultador de pederastas -nada literarios- Benedicto XVI, con cualquiera de los escritores españoles que enaltecieron a Hitler o a Stalin (incluidos Machado, Miguel Hernández y Alberti; los que enaltecieron a Hitler no los menciono porque casi nadie los conoce: a ellos sí los ajusticiaron intelectualmente).

Rasgarse las vestiduras ha sido siempre un gesto teatral, rentable y fácil cuando no se acompaña de una estricta coherencia personal y no se está dispuesto a llevar los ideales hasta las últimas consecuencias. No me fío, en general, de tales aires, sobre todo cuando huelen tanto a orquesta. ¿Quiere esto decir que estoy a favor de que Dragó dice en su libro? No lo sé, pues no lo he leído. Vayamos al texto:

“En Tokio, un día, me topé con unas lolitas, perono eran unas lolitas cualesquiera, sino de esas que se visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rimel, tacones, minifalda… Tendrían unos trece años. Subí con ellas y las muy putas se pusieron a turnarse. Mientras una se iba al váter, la otra se me trajinaba”.

Un momento… ¿Pero no decían que Dragó hablaba de sexo menores? Las menores las veo, pero ¿el sexo? Voy al diccionario de la R.A.E, por si la noche me confunde, y busco el significado del verbo “trajinar”, el único que puede haber levantado sospechas. Encuentro lo siguiente:

trajinar.

(Del lat.*tragināre, arrastrar).

1. tr. Acarrear o llevar géneros de un lugar a otro.

2. intr. Andar y tornar de un sitio a otro con cualquier diligencia u ocupación.

Puede hablar de sexo, sí… O de tonteo, de coqueteo, de juego. Me parece que el asunto se ha inflado un poco (y no con inocencia, es de temer). ¿Estoy justificando con ello que se tontee con unas niñas de trece primaveras, o respaldando la insultante manera de referirse a ellas? Sólo digo que quien considere tal afirmación tan terrible como para dejar de vender un libro, que siga con la criba. O que se calle.

Como apostilla: Sáchez Dragó es el autor y presentador del último programa independiente sobre libros que se ha hecho en España. Quien se queje de que llevó a Aznar, que recuerde que también invitó a Carrillo. Han pasado por su plató personas y personajes de todas las ideologías, opiniones y cataduras. Nunca se ha escandalizado, nunca ha condenado a unos para ensalzar a otros, con independencia de sus propias ideas. Fue irse él de la 2 y entrar a saco el grupo Prisa, a quien Zapatero, como el conde don Julián, abrió la puerta de la caja tonta y pública, volviéndola más tonta y menos pública. Hemos tenido que olvidarnos, desde entonces, de todo un sector de la literatura española. Aunque solamente sea  porque la apertura de Dragó, su imparcialidad, su voracidad literaria no han sido nunca impostura, todos los aficionados a las letras deberíamos estarle agradecidos.

Paso de las pedradas.

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