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La semana de Ender

Hay libros en los que entras poco a poco, y te van cubriendo despacio, como cuando el mar está frío y avanzas haciéndote el remolón, salpicándote los brazos y la nuca -lo que no quiere decir que después el baño sea malo-. Hay otros libros a los que entras corriendo: en tres zancadas te plantas donde cubre y después pinchas la ola. Hay, por fin, otro grupo -muy escaso- de libros, en el que todo funciona de forma diferente. Avanzas confuso, sin saber bien qué pasa cuando, de repente, te tropiezas y te comes todo el agua de una vez.

Así me ha sucedido con los tres primeros libros de Ender. No soy muy aficionado a la ciencia ficción, y solamente me atrevo con obras muy recomendadas por lectores en quienes confío ciegamente. Esta vez, el culpable de una semana alucinante rodeado de insectores, flotas estelares, cerdis y virus inteligentes ha sido mi amigo Rodrigo. Nunca le agradeceré suficientemente el viaje.

Entrar en la lectura de El juego de Ender es una experiencia misteriosa. Su narración es tan absolutamente marciana que uno no sabe si lo ha escrito un novelista de raza, un tonto o un autista. Intuiciones brillantísimas y reflexiones tan cándidas que rozan la estupidez se entrelazan en una trama entretenida y obsesiva en su repetición y sencillez que termina por llevarnos a un clímax que, si bien no está mal, tampoco nos sorprende demasiado.

Pero cuidado, lo mejor está por llegar: el último capítulo, absolutamente diferente del tono que he libro ha mantenido desde el principio, vuelve boca abajo todas las suposiciones del lector y convierte la novela en una hermosa y lúcida reflexión sobre el bien y el mal, el Yo y el Otro, y la posibilidad de entender a los extraños.

Este tema se convierte en el eje central de la segunda y, en mi opinión, mejor novela de la trilogía original, La voz de los muertos. A pesar de que los diálogos se hacen, por momentos, pesados y las relaciones entre ciertos personajes convierten la novela en un pantano, la reflexión se engrandece y alcanza momentos de enorme lucidez. Los misteriosos cerdis son un grandísimo hallazgo literario y todo discurre muy bien a pesar de un Ender que empieza a volverse un tanto pesado de tan bueno.

Es en la tercera novela donde, en mi humilde opinión, el autor pierde los papeles. Ender se convierte en un jesucristo de bofetón, plano y previsible; su familia, una panda interesante de chalados en la segunda novela, convierte cada escena en la que aparece en un culebrón infumable; las conversaciones sobre ciencia son pesadas y se sostienen con alfileres. Solamente los personajes chinos: Qin Zhao, su padre y su esclava, salvan a la novela de convertirse en ropavieja cocinada con los peores defectos de los dos títulos anteriores. Fantásticas las descripciones de los comportamientos compulsivos de los elegidos por los dioses en el planeta Sendero (Tao, es de suponer), y sus dudas teológicas y morales, demasiado sutiles en ocasiones.

Con todo lo malo que tienen, merece la pena leer estos libros. Los dos primeros, sin duda. El tercero, solamente para quien no pueda soportar las ganas de saber qué pasa por fin con cerdis, insectores y humanos en el planeta Lusitania. Sé que algún día, cuando pueda olvidarme del repelente Ender de la última novela y me quede solamente con el de la primera y la segunda, pasará a formar parte de mi olimpo particular de personajes literarios.

¡Viva el portavoz de los muertos!

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