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Perros y gatos

Citaba el otro día, hablando de la película La stella che non c’é, el poema en el que Kipling afirma que las diferencias culturales desaparecen cuando dos personas se encuentran frente a frente –o esa es la lectura que yo hice y que puede diferir mucho de las que hagan otros–. Pues hoy me encuentro, leyendo la Defensa de la Hispanidad de Ramiro de Maeztu, el siguiente párrafo:

Entre las gentes de Oriente y las gentes de Occidente, entre los asiáticos y los europeos (si vamos al terreno puramente natural y científico), hay una especie de antipatía habitual. El japonés es un hombre que sierra al recoger la herramienta; nosostros, serramos cuando la empujamos. El japonés pega su golpe al retirar el sable; nosotros cuando lo adelantamos. Si nosotros herimos a un japonés en lo profundo de su amor propio, sonríe como si le hubiéramos dicho un cumplido. Un cuento inglés de niños dice que un gato sentenció gravemente su opinión sobre los perros con las siguientes palabras: “Entre los perros y nosotros no cabe inteligencia. CUando un perro gruñe, es que está enfadado; cuando el perro mueve el rabo, es porque está contento; pero nosotros, los gatos, cuando gruñimos es porque estamos contentos, y cuando movemos el rabo, por el contrario, estamos enfadados.” ¡Insuperable diferencia!

Estos meses que llevo en Taiwán me he preguntado muchas veces –muchas más que en China, país en el que era un simple espectador de la vida, mientras en Taiwán tengo la necesidad de implicarme– lo mismo: ¿supone la diferencia de culturas una distancia insuperable? Existen los matrimonios mixtos, tanto de asiático y occidental como al revés, pero ¿llegan verdaderamente a entenderse? La comunicación, en sus niveles más profundos, ¿se cumple, o simplemente se acepta su ausencia?

Quiero creer que no existe diferencia alguna entre un ser humano y otro. Quiero pensar que uno puede, siempre, agotar todos los significados, entender por completo la forma de ver el mundo que los demás, por muy alejados que estén culturalmente de nosotros, tienen. Pero ahora dudo. Dudo y me fuerzo cada día a luchar contra el deseo de juzgar lo que no entiendo, o lo que entiendo y no comparto.

Sé que los asiáticos aman y odian igual que nosotros, y que codifican sus emociones de distinta manera: de ahí los conflictos y los malentendidos. Sin embargo, ¿hasta qué punto no son las emociones los modos que tenemos de codificarlas, de encauzarlas y de proyectarlas hacia los demás? ¿Podemos separar la emoción de su manifestación? ¿De me sirve que alguien me quiera si su amor no me llega? ¿Existe el odio si no alcanza al ser odiado? Es decir: ¿son las emociones algo que se justifica a sí mismo, que se agota en la misma persona que las siente, o son puentes que se tienden entre personas, y no se realizan hasta que no ponen en contacto a, al menos, dos individuos?

También me pregunto hasta qué punto son las emociones algo realmente individual. Tengo la impresión de que la forma que una sociedad tiene de contemplar, de entender una emoción (y la manera europea de entenderlas es muy diferente de la taiwanesa) determina las emociones particulares del individuo. No podemos sentir sin el respaldo de la sociedad, sin integrar nuestro sentimiento en un marco cultural , en una forma de sentir el mundo, al igua que las creencias sociales determinan las individuales, o la memoria colectiva dicta, o modifica, nuestros recuerdos.

Muchas, preguntas, en fin, y ninguna respuesta. Me temo que son problemas que no resolveré jamás, para qué engañarme.

Y vosotros, ¿pensáis que los orientales y los occidentales estamos condenados, como perros y gatos, a la incompresión eterna?

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La stella che non c’é (la estrella ausente)

Es difícil encontrar, en los días que corren, un retrato equilibrado de la China moderna. La mayor parte de la gente cae en los extremos y nos muestra, o bien una China idílica poblada de obreros rebosantes de felicidad gracias al sistema maoísta o a la filosofía taoísta -todo depende de las tendencias políticas del relator-, o bien una China mostruosa, degenerada, en la que la gente sufre una vida indigna de tal nombre y solamente cuenta para el estado como una célula sin personalidad ni derechos del inmenso cuerpo de la producción masiva.

Sobra decir que China no es ni una cosa ni la otra, como bien refleja la película que vi ayer: La stella che non c’é.  Italiana, del año 2005, dirigida por Gianni Amelio y protagonizada por el grandísimo actor Sergio Castellitto, es una de las descripciones que más se ajustan a la China que yo he vivido durante dos años.

Una China -perdóneseme el tópico- plaga de contrastes: socialista y capitalista a la vez -es decir, ninguna de las dos cosas-, llena de sabiduría y al mismo tiempo víctima de una gran ignorancia sobre todo aquello que no sea su propio ombligo, dueña de una serenidad excepcional relacionada con sus más antiguas tradiciones filosóficas y a la vez poseída de una crispación difícil de soportar en ocasiones, la película de Amelio muestra, con gran dosis de crítica, pero también de mano izquierda, el horror y el amor que siente, a partes iguales, un extranjero que se encuentra en el País del Centro sin preparación ninguna.

Lo mejor de la película, sin duda, la relación entre el protagonista italiano que, sin pensárselo dos veces, se mete en las entrañas de la China trabajadora del Oeste -Shanghai y las demás ciudades de la costa no son más que engañosos escaparates- y su traductora, una mujer a la que ha ofendido en su primer encuentro, y que es deudora y víctima de lo mejor y lo peor que puede ofrecer hoy al mundo la cultura china: paciente, discreta, dueña de una gran dignidad y de un delicado sentido del humor, pero también víctima de un sistema económico inhumano y marginada, a causa de su maternidad fuera del matrimonio, por una sociedad que une, en su intolerancia, las más rígidas normas confucianas -no reflexionadas aún a pesar de  su falta de vigencia en el mundo moderno- con el repugnante puritanismo socialista.

Si la protagonista femenina es una inteligente representación del la actual juventud china, el personaje que representa Castellito no lo es menos de lo más luminoso y oscuro dela vieja Europa: apasionado, guiado por un inquebrantable sentido del deber individual -que choca en varias ocasiones con la visión colectiva que la mentalidad china tiene del ser humano-, lleno de un amor propio que le permite estar en pie a pesar de ser un perdedor, pero víctima a su vez de la soledad y el desencanto -refinado e irónico, pero desencanto al fin y al cabo- a los que nos ha llevado en Occidente el individualismo -excesivo, sin duda, en ocasiones- de la vida moderna.

Y es que como dice Li en una escena de la película, “la caña de azúcar nunca es dulce por los dos extremos”. ¿Cómo  condenar en bloque a toda una civilización como la China? ¿O cómo idealizarla, negar que existe un lado oscuro -oscurísimo-? Y lo mismo se puede aplicar a la cultura europea. ¿Quién más sino nosotros ha llevado a los cuatro rincones de la Tierra lo mejor y lo peor de su manera de ver el mundo?

Esperemos a ver qué ocurre con China. Seamos exigentes con ellos en la misma medida que lo somos con los demás y con nosotros mismos, pero no les pidamos más -no sería justo- y, sobre todo, no nos escandalicemos como puritanas cada vez que hacen algo malo que se repite, aunque a escondidas, en nuestros patios traseros.

Ayer la película me recordó un poema de Kipling que creo haber mencionado ya en este blog. Dice:

Oh, East is Est and West is West, and never the twain shall meet…
But there is neither East nor West, Border, nor Breed, nor Birth
When two strong men stand face to face, though they
come from the ends to the earth!

[¡Ah, Occidente es Occidente y Oriente es Oriente, y nunca se encontrarán… / Mas no hay Occidente ni Oriente, no hay frontera, linaje ni cuna / Cuando dos hombres fuertes se encuentran cara a cara, así vengan de los confines de la tierra!]

Dos hombres, o dos mujeres, o una mujer y un hombre, como es el caso de La stella che non c’é. El ser humano es igual en todas partes, y basta querer entenderse para hacerlo -aunque a veces la dosis de buena voluntad necesaria para conseguirlo nos parezca excesiva-. Y no estoy dando un sermón: yo mismo, hoy en día, no soy capaz del sacrificio que me exige aceptar ciertas diferencias que existen entre mi mundo y la sociedad que me ha acogido, y que me están complicando la vida más de lo que quisiera. Procuro no juzgar la cultura china, pero ¡cuántas veces me sorprendo a mí mismo haciéndolo!

Me voy por las ramas. Vean, en todo caso, La stella che non c’é. Cuando terminen de verla,  sabrán un poco más de China.