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Diario de verano I

Ya estoy en suelo patrio. Llevo aquí una semana exacta, y todavía no he salido del todo de la nube de estupor que me provoca el famoso jet lag. Estoy en Galicia, pero el domingo me vuelvo a Madrid para participar en un congreso de hispanistas que se celebra en Alcalá de Henares. Viene Francisco Ayala, con sus ciento y pico añazos. También me reencontraré con una antigua alumna de China que ahora estudia un máster en Barcelona.

La aldea se conserva como siempre. Poca gente –el tiempo, oscilante, no invita a la playa– corredoiras vacías, moras casi en su punto en las silveras  y una vaca –¿la última de Covas? Espero que no–, justo frente a mi casa, que muge todas las tardes para que la vengan a recoger cuando se cansa de pastar al sol. Vida. Es bueno volver y mirar la luz del faro de cabo Prior antes de dormir.

Ayer terminé de leer los seis primeros libros de los Anales de Tácito, que forman el primero de los dos volúmenes en los que la editorial Gredos los publicó. Es muy interesante, pero he echado de menos a Suetonio, que en su Vida de los doce césares se comporta como una auténtica portera y cuenta todo con pelos y señales, hasta lo más truculento. Su Tiberio es mucho más divertido, más cruel, más degenerado… Funciona mejor como malo. Eso sí, la prosa de Tácito es casi perfecta: sobria y elegante. Un gustazo.

Hoy empezaré El tercer policía, de Flann O’Brien, que Susana, la librera de Hiperión –gallega, por cierto–, me ha recomendado. Me tiene el punto cogido y siempre acierta: sé que me lo pasaré bien. Me espera en la recámara la famosísima trilogía Millenium, con sus tres tomacos tamaño buque destructor. A ver si me enganchan. Como siempre que vuelvo a España, releo antes de dormir tres poetas, así al tuntún, según se abra el libro: San Juan, Pessoa bajo el heterónimo de Alberto Caeiro, y Fernández de Andrada. Su Epístola moral a Fabio es una de las joyas de la literatura española y un ejemplo de lo que podría ser Europa ahora si el humanismo hubiera prevalecido. Es una llamada a la virtud de la vida humilde, y siempre me siento mal cuando llego a los siguientes versos:

¡Mísero aquél que corre y se dilata

por cuantos son los climas y los mares,

perseguidor del oro y de la plata!

Un ángulo me basta entre mis lares

un libro y un amigo, un sueño breve,

que no perturben deudas ni pesares.

Cierto es que yo no corro detrás del oro y la plata, y que si así lo quisiera nunca hubiera elegido la carrera de profesor, y que las deudas no perturban mis siestas allá en Taiwán, pero no son pocas las veces que me pregunto qué pinto yo en una Isla del Océano Pacífico en lugar de recogerme en esta aldea a leer, a pasear con mi familia y mis amigos… A veces me gustaría mugir para que vinieran a recogerme, no lo niego. Pero sé que es un espejismo de veraneante, y que cada vida tiene sus cuitas, y que si yo estuviera aquí todo el año no me iba a parecer tan bucólico el asunto.

Bueno, pues aquí estoy. Prometo cumplir con el blog, llenarlo, aunque sea, de comentarios intrascendentes como los de esta primera entrega del diario de verano. Libros y vida campestre, no esperen otra cosa.

¡Saludos!

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Lecturas vacacionales

Ya estoy en Taiwán, después de un espantos viaje de 29 horas. El domingo volveré a Dalian para incorporarme al trabajo, poniendo fin a mis largas y pacíficas vacaciones en las que no he hecho NA-DA, a pesar de mis optimistas planes. Nunca aprendo.
Por lo menos he leído algunos libros, y aprovecho mi blog –cada vez menos chino– para hablaros de ellos, por si a alguno se os ocurre seguir las recomendaciones.

1. El misterio de la carretera de Sintra, de Eça de Queirós, en la edición de Acantilado. Es un librito de misterio decimonónico, romanticón y divertido. Es la primera novelita del autor. Títulos posteriores como El primo Basilio y Los Maia explican mucho mejor por qué está considerado –y con justicia– el mejor novelista de la literatura portuguesa. Si os gusta el género de misterio, es una lectura estupenda, que además tiene una historia genial: los autores (Eça y otro cuyo nombre no recuerdo) la enviaron por entregas a un periódico lisboeta, pasando la historia, en un principio, por verdadera.

2. El fin es mi principio, de Tiziano Terzani, publicado en la editorial Maeva. Menos mal que Maeva ha recuperado la obra de este maravilloso periodista italiano para nuestro país. Pena que no sea el mejor título de Terzani. En él, Tiziano es entrevistado por su hijo Folco, y juntos hacen un repaso a su vida y sus inquietudes. Interesante sobre todo para incondicionales. Un libro que cobra valor a la luz de sus anteriores obras. Esperemos que Maeva se anime a publicar su indispensable Un altro giro di giostra. Para los que queráis empezar con él en español, os recomiendo Un adivino me dijo o Cartas contra la guerra.

2. Poemas de Alberto Caeiro, en la estupenda edición bilingüe de Pre-textos. Para mí, la mejor obra poética de Pessoa. Una de las cumbres de la poesía universal del siglo XX. Un texto puro, sin trampas, y cargado de verdad vital, y no solamente literaria.

3. Otro de los poemas que releo siempre que vuelvo a España es la Epístola moral a Fabio. Yo la estudié como anónima, pero parece que ya le han encontrado dueño. Con autor o sin él, uno de los textos más destacados de la mejor época de nuestra literatura. Es una pena que la España actual no refleje, en ninguno de sus aspectos, la filosofía que transmite esta obra: amor por el conocimiento, por la vida sencilla y ética, austera y civilizada en su más alto grado. En él, el poeta insta a su amigo a abandonar la corte, corrupta, fatua, hipócrita, para retirarse a una vida diferente. Dicen unos versos grandiosos: “un ángulo me basta entre mis lares; / un amigo y un libro, un sueño breve / que no perturben deudas ni pesares.” A Montaigne le hubiera encantado.

4. Hablando de Montaigne, he leído el brevísimo pero estupendo ensayo que Zweig le dedicó. Es una lectura preciosa que resalta la independencia del autor francés, su radicalmente moderna visión del ser humano, su tolerancia absoluta. Leed el librito de Zweig, pero leed, sobre todo, los Ensayos de Montaigne, que hacen creer, a pesar de Rajoy y Zapatero, que otra Europa es posible.

5. Descubrimiento de la lista: Billy Collins, poeta americano. He leído Lo malo de la poesía y otros poemas. Aunque tiene bajones, es un libro divertidísimo. Una poesía sencilla, cotidiana, cargada de sentido del humor, de ternura y de optimismo sin estruendos. Una buena elección para iniciarse en la poesía, por lo alejado que está el poeta de todo intento de trascendentalismo hermético. Mi colega Peibojl, el de la Marmitácora (enlace en la columna derecha), me ha descubierto esta maravillosa página de poemas de Collins animados: http://www.bcactionpoet.org/. No os la perdáis.

6. Segundo descubrimiento: Plop, de Rafael Pinedo, publicado por Salto de Página. Una novela breve, desnuda, turbadora. De esos textos que remueven las tripas del lector, que le ponen ante lo más duro de su propia naturaleza: la ambición, la falta de compasión, el egoísmo y la soledad, y también –cómo no– sus opuestos. No os defraudará.

7. Entrevista con el vampiro, de Anne Rice. Un bodrio con mayúsculas. Me lo leí en dos días porque no soportaba más la tortura y no quería dejarlo a la mitad. Horrorosamente traducido, además (un tal Marcelo Covián perpetró el crimen). Superficial, hortera, macarra, poligonero. Ya sabéis, las lágrimas del vampiro mezclándose con la sangre de la víctima. Una joyaaarrrl…

8. El último libro de la estupenda poeta polaca Wislawa Szymborska, titulado Dos puntos. Como siempre, muy bien, aunque no a la altura de la maravillosa antología de la editorial Hiperión.

Esto es todo. Ahora estoy con un apasionante libro, Conan Doyle, detective, sobre los casos que el autor de Sherlock Holmes investigó en la realidad. Por ahora va estupendamente, pero como no lo he terminado prefiero no opinar. Ya os diré algo cuando acabe… ¡Todos a leer!