Archivo de la etiqueta: El tercer policía

Diario de verano II

Pues no hay manera de acertar con los libros últimamente… ¿Recuerdan El tercer policía que iba a empezar cuando escribí mi última entrada? Pues lo paso fatal leyéndolo. Es un libro que está muy bien escrito, y el argumento es muy divertido, pero tan delirante que… Me provoca pesadillas por las noches. Suena raro, lo sé, pero se ve que me revuelve el inconsciente. Lo he dejado a la mitad a la espera de unos días en los que esté más relajado.

Empecé después una biografía de Marcel Proust que ha escrito un tal Diesbach y que se llama… Marcel Proust. Pues todo lo que tiene el título de simple le falta después a la prosa. Qué alambicada, retorcida, pedante, qué imágenes más cursis, qué ganas de ser más Proust que Proust… Un tostón horrible, seiscientas páginas en las que el autor describe con una morosidad insoportable hasta los detalles más pequeñitos de personas que coincidieron con Proust en dos o tres fiestas de nada. No soporté ni cien páginas.

Así que he ido a lo seguro, y me he comprado Diez negritos, de la tramposa de Agata Christie, traducido ahora, más acertadamente, como No quedó ninguno (el título original es And Then There were none). Me lo leí a los catorce años y me encantó. A ver cómo resiste el paso del tiempo. Ya les contaré.

Desde que estoy en España he redescubierto la tele. Allí en Taiwán, como no la entiendo, no la enciendo. Mano de santo, la ignorancia. Aquí caigo en la trampa, zapeo, me abstraigo, desespero. Me he fijado en una cosa: ¿se han dado cuenta que los tertulianos de la tele, en especial los del corazón, están deformados de tanto gritar, insultar, mentir, acusar, despreciar, descuartizar, señalar y maldecir? Vean uno de esos programas de tripa rosa sin volumen; observen las venas de la frente, los ceños lobunos, los colmillos goteantes de saliva, las manos crispadas, los ojos inyectados en sangre. Mis favoritos coinciden en el mismo programa, La noria: son María Antonia Iglesias y Enric Sopena. Saquitos de bilis. Un día, de la presión, les va a saltar un ojo como el corcho de una botella de cava.

Háganme caso: vean esos programas sin volumen, con Carmina Burana de Carl Orff como banda sonora. Lo que dicen, nunca –nunca, nunca, nunca– merece la pena, y verles retorcerse en versión muda es como contemplar un auténtico retablo de monstruos. Sentirán usted auténtico terror, y quizás no vuelvan a caer en la tentación de intentar escuchar a tamaña banda de…

Viva Agata Christie.

Anuncios

Diario de verano I

Ya estoy en suelo patrio. Llevo aquí una semana exacta, y todavía no he salido del todo de la nube de estupor que me provoca el famoso jet lag. Estoy en Galicia, pero el domingo me vuelvo a Madrid para participar en un congreso de hispanistas que se celebra en Alcalá de Henares. Viene Francisco Ayala, con sus ciento y pico añazos. También me reencontraré con una antigua alumna de China que ahora estudia un máster en Barcelona.

La aldea se conserva como siempre. Poca gente –el tiempo, oscilante, no invita a la playa– corredoiras vacías, moras casi en su punto en las silveras  y una vaca –¿la última de Covas? Espero que no–, justo frente a mi casa, que muge todas las tardes para que la vengan a recoger cuando se cansa de pastar al sol. Vida. Es bueno volver y mirar la luz del faro de cabo Prior antes de dormir.

Ayer terminé de leer los seis primeros libros de los Anales de Tácito, que forman el primero de los dos volúmenes en los que la editorial Gredos los publicó. Es muy interesante, pero he echado de menos a Suetonio, que en su Vida de los doce césares se comporta como una auténtica portera y cuenta todo con pelos y señales, hasta lo más truculento. Su Tiberio es mucho más divertido, más cruel, más degenerado… Funciona mejor como malo. Eso sí, la prosa de Tácito es casi perfecta: sobria y elegante. Un gustazo.

Hoy empezaré El tercer policía, de Flann O’Brien, que Susana, la librera de Hiperión –gallega, por cierto–, me ha recomendado. Me tiene el punto cogido y siempre acierta: sé que me lo pasaré bien. Me espera en la recámara la famosísima trilogía Millenium, con sus tres tomacos tamaño buque destructor. A ver si me enganchan. Como siempre que vuelvo a España, releo antes de dormir tres poetas, así al tuntún, según se abra el libro: San Juan, Pessoa bajo el heterónimo de Alberto Caeiro, y Fernández de Andrada. Su Epístola moral a Fabio es una de las joyas de la literatura española y un ejemplo de lo que podría ser Europa ahora si el humanismo hubiera prevalecido. Es una llamada a la virtud de la vida humilde, y siempre me siento mal cuando llego a los siguientes versos:

¡Mísero aquél que corre y se dilata

por cuantos son los climas y los mares,

perseguidor del oro y de la plata!

Un ángulo me basta entre mis lares

un libro y un amigo, un sueño breve,

que no perturben deudas ni pesares.

Cierto es que yo no corro detrás del oro y la plata, y que si así lo quisiera nunca hubiera elegido la carrera de profesor, y que las deudas no perturban mis siestas allá en Taiwán, pero no son pocas las veces que me pregunto qué pinto yo en una Isla del Océano Pacífico en lugar de recogerme en esta aldea a leer, a pasear con mi familia y mis amigos… A veces me gustaría mugir para que vinieran a recogerme, no lo niego. Pero sé que es un espejismo de veraneante, y que cada vida tiene sus cuitas, y que si yo estuviera aquí todo el año no me iba a parecer tan bucólico el asunto.

Bueno, pues aquí estoy. Prometo cumplir con el blog, llenarlo, aunque sea, de comentarios intrascendentes como los de esta primera entrega del diario de verano. Libros y vida campestre, no esperen otra cosa.

¡Saludos!