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Lecturas veraniegas

Lo primero es lo primero: el verano pasado -y tan pasado, qué lejos queda ya de este octubre ventoso- fue fructífero en lecturas, así que repasemos unas cuantas.

1. Juliano el apóstata, de Gore Vidal. Cumpliendo la costumbre, que llevo practicando algunos años ya, de abrir el verano con una novela histórica clásica, compré la obra más famosa de  Gore Vidal en cuanto regresé a España. ¿Qué decir que no se haya dicho ya? Que me lo pasé pipa. Inteligente, bien escrita, llena de humor -la correspondencia entre los filósofos Libanio y Prisco es de troncharse de la risa-, documentadísima, transporta al lector al fascinante Imperio Romano del siglo IV, un mundo en el que las creencias clásicas eran aplastadas por un cristianismo lleno de frescor y de luz, sí, pero cargado también de siniestra oscuridad. Sucede con ella lo que pasa siempre con las -buenas- novelas históricas: se aprende, se disfruta y –last but not least– se reflexiona sobre nuestro propio tiempo a través de viejas figuras y hechos. ¿Cómo no ver lo peor de la actual iglesia católica en aquel inquietante Atanasio, en las matanzas por un quítame alla esas pajas en el dogma, en las luchas intestinas de poder entre obispos? Alguno de los actuales se hubiera movido por la Constantinopla de entonces como pez en el agua.

 

2. Un árbol crece en Brooklyn. Esta novela es una de esas pequeñas joyas que brillan durante un tiempo para ser sepultadas después de manera inexplicable. Menos mal que el hambre de las editoriales las desentierra a veces y podemos seguir disfrutando de su lectura. Betty Smith, su autora, nació en 1896 en Brooklyn. Era hija de inmigrantes alemanes. El libro nos cuenta su infancia y primera juventud, en palabras de la autora, “no como fue, sino como debería haber sido.” Su lectura es divertida, inteligente y, sobre todo, profundamente emocionante. Si alguien necesita más pistas, Elia Kazan se estrenó en eso del cine dirigiendo una adaptación de la novela. Lleva el mismo nombre y es, también, fantástica.

Y digo yo, como siempre, ¡qué grandes escritoras tienen los americanos! Carson McCullers, Harper Lee, Annie Proulx, son algunas de mis favoritas, a las que se une, desde ya, la genial Betty Smith.

3. Diez negritos. Releer es una actividad arriesgada. Puede uno descubrir que los libros que más le impresionaron cuando era un niño no son la maravilla que se recordaba. Es lo que me ha pasado a mí con esta famosísima novela de Agatha Christie. Entretiene pasablemente, pero le falta cafeína. Un culebrón correcto. Teniendo a Sherlock…

4. Palabras y sangre. Conocí, en la feria del libro, el capitán de Rey Lear, una pequeña editorial español que, como tantas otras durante los últimos años, está llevando a cabo una magnífica labor de recuperación de textos y autores perdidos entre los que se encuentra el italiano Giovani Papini.

Ya lo conocía por algunas lecturas de juventud que me habían fascinado. Autor provocador, heterodoxo y genial, terminó siendo un ortodoxísimo católico y filofascista, por lo que su nombre, grande por razones literarias, ha sido empequeñecido para la posteridad por razones políticas. No es una historia nueva. Palabras y sangre, una colección de cuentos, llevará al lector a un mundo de angustia posmoderna y metafísica. Papini es un auténtico maestro del sobresalto y del vacío, y su lectura fascina e inquieta por igual.

5. Navegando a solas por la habitación. Tiempo para la poesía. No sé si ya he hablado alguna vez, en este blog, de Billy Collins. Si no es así, debería haberlo hecho. El autor, un neoyorquino de casi setenta años, ha vivido lo que todos los escritores quisieran y muy pocos consiguen -especialmente los poetas-: buena crítica y éxito comercial. Su poesía, sencilla sin renunciar a la profundidad, es una lectura divertida y estimulante. Collins tiene un don muy poco frecuente: hablar con sencillez de las partes más secretas de la vida diaria. Navegando a solas por la habitación es una abundante antología de cuatro poemarios publicados en las décadas de los ochenta y los noventa. También apto para no iniciados en la poesía.

Y vamos ya parando, que para un primer post después de un año me parece ya mucho escribir. Sobre todo cuando hay tanto que leer.

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Lecturas vacacionales

Ya estoy en Taiwán, después de un espantos viaje de 29 horas. El domingo volveré a Dalian para incorporarme al trabajo, poniendo fin a mis largas y pacíficas vacaciones en las que no he hecho NA-DA, a pesar de mis optimistas planes. Nunca aprendo.
Por lo menos he leído algunos libros, y aprovecho mi blog –cada vez menos chino– para hablaros de ellos, por si a alguno se os ocurre seguir las recomendaciones.

1. El misterio de la carretera de Sintra, de Eça de Queirós, en la edición de Acantilado. Es un librito de misterio decimonónico, romanticón y divertido. Es la primera novelita del autor. Títulos posteriores como El primo Basilio y Los Maia explican mucho mejor por qué está considerado –y con justicia– el mejor novelista de la literatura portuguesa. Si os gusta el género de misterio, es una lectura estupenda, que además tiene una historia genial: los autores (Eça y otro cuyo nombre no recuerdo) la enviaron por entregas a un periódico lisboeta, pasando la historia, en un principio, por verdadera.

2. El fin es mi principio, de Tiziano Terzani, publicado en la editorial Maeva. Menos mal que Maeva ha recuperado la obra de este maravilloso periodista italiano para nuestro país. Pena que no sea el mejor título de Terzani. En él, Tiziano es entrevistado por su hijo Folco, y juntos hacen un repaso a su vida y sus inquietudes. Interesante sobre todo para incondicionales. Un libro que cobra valor a la luz de sus anteriores obras. Esperemos que Maeva se anime a publicar su indispensable Un altro giro di giostra. Para los que queráis empezar con él en español, os recomiendo Un adivino me dijo o Cartas contra la guerra.

2. Poemas de Alberto Caeiro, en la estupenda edición bilingüe de Pre-textos. Para mí, la mejor obra poética de Pessoa. Una de las cumbres de la poesía universal del siglo XX. Un texto puro, sin trampas, y cargado de verdad vital, y no solamente literaria.

3. Otro de los poemas que releo siempre que vuelvo a España es la Epístola moral a Fabio. Yo la estudié como anónima, pero parece que ya le han encontrado dueño. Con autor o sin él, uno de los textos más destacados de la mejor época de nuestra literatura. Es una pena que la España actual no refleje, en ninguno de sus aspectos, la filosofía que transmite esta obra: amor por el conocimiento, por la vida sencilla y ética, austera y civilizada en su más alto grado. En él, el poeta insta a su amigo a abandonar la corte, corrupta, fatua, hipócrita, para retirarse a una vida diferente. Dicen unos versos grandiosos: “un ángulo me basta entre mis lares; / un amigo y un libro, un sueño breve / que no perturben deudas ni pesares.” A Montaigne le hubiera encantado.

4. Hablando de Montaigne, he leído el brevísimo pero estupendo ensayo que Zweig le dedicó. Es una lectura preciosa que resalta la independencia del autor francés, su radicalmente moderna visión del ser humano, su tolerancia absoluta. Leed el librito de Zweig, pero leed, sobre todo, los Ensayos de Montaigne, que hacen creer, a pesar de Rajoy y Zapatero, que otra Europa es posible.

5. Descubrimiento de la lista: Billy Collins, poeta americano. He leído Lo malo de la poesía y otros poemas. Aunque tiene bajones, es un libro divertidísimo. Una poesía sencilla, cotidiana, cargada de sentido del humor, de ternura y de optimismo sin estruendos. Una buena elección para iniciarse en la poesía, por lo alejado que está el poeta de todo intento de trascendentalismo hermético. Mi colega Peibojl, el de la Marmitácora (enlace en la columna derecha), me ha descubierto esta maravillosa página de poemas de Collins animados: http://www.bcactionpoet.org/. No os la perdáis.

6. Segundo descubrimiento: Plop, de Rafael Pinedo, publicado por Salto de Página. Una novela breve, desnuda, turbadora. De esos textos que remueven las tripas del lector, que le ponen ante lo más duro de su propia naturaleza: la ambición, la falta de compasión, el egoísmo y la soledad, y también –cómo no– sus opuestos. No os defraudará.

7. Entrevista con el vampiro, de Anne Rice. Un bodrio con mayúsculas. Me lo leí en dos días porque no soportaba más la tortura y no quería dejarlo a la mitad. Horrorosamente traducido, además (un tal Marcelo Covián perpetró el crimen). Superficial, hortera, macarra, poligonero. Ya sabéis, las lágrimas del vampiro mezclándose con la sangre de la víctima. Una joyaaarrrl…

8. El último libro de la estupenda poeta polaca Wislawa Szymborska, titulado Dos puntos. Como siempre, muy bien, aunque no a la altura de la maravillosa antología de la editorial Hiperión.

Esto es todo. Ahora estoy con un apasionante libro, Conan Doyle, detective, sobre los casos que el autor de Sherlock Holmes investigó en la realidad. Por ahora va estupendamente, pero como no lo he terminado prefiero no opinar. Ya os diré algo cuando acabe… ¡Todos a leer!