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Ser lo que se desea

Permitidme que cite de nuevo el libro El arte de viajar, de Alain de Botton, a cuento de otra interesante idea de Flaubert, con la que comulgo:

“Diríase que la relación de Flaubert con Egipto, que se prolonga a lo largo de toda su vida, es una invitación a profundizar y a respetar la atracción que sentimos por ciertos países. Desde su adolescencia en adelante, Falubert insistía en que no era francés. Su odio hacia su país y hacia su gente era tan profundo que ridiculizaba su propia condición civil. De hecho, llegó a proponer un nuevo modo de asignar la nacionalidad: no de acuerdo con el país en el que uno había nacido o al que pertenecía su familia, sino de acuerdo con los lugares por los que uno se sentía atraído. En este sentido, no podía por menos de ser lógica su pretensión de hacer extensiva al género y a la especie esta concepción más flexible de la identidad, hasta el extremo de declarar, llegado el caso, que, contra lo que pudiese parecer, él era en realidad una mujer, un camello y un oso: “Quiero comprarme un hermoso oso, un cuadro de uno que colgaré enmarcado en mi habitación con la leyenda Retrato de Gustave Flaubert, con el fin de sugerir mi talante moral y mis hábitos sociales.””

Propongo que juguemos todos a ser Flaubert e imaginemos a qué especie y país querríamos pertenecer. Lo del género lo dejamos, que todos sabemos más o menos por dónde tira cada uno. ¿Qué animal os gustaría ser? ¿O preferís un mineral? ¿Y en qué país os sentiríais como en casa? No valen las sigiuentes posturas:

1. “Yo si pudiera elegir nacería otra vez en mi país, X -léase Essspaña, Galiza, Vallekas o lo que fuere-. Mi país, X, es el mejor y en ninguna parte se vive como aquí. Yo cuando voy al extranjero como en el McDonalds porque la comida de otros países, igual que sus hábitos higiénicos, es asquerosa. Mi abuela sí que cocina bien.”

2. Pedirse animales que salgan en los típicos pósters horteras chachunos, como el delfín o el águila. Por favooor, por favoooor, que hay muchas especies. Hay que justificar la elección.

Yo, por ejemplo, sería japonés o británico. Y de ser un animal, el caracol, porque va despacio, lleva su casa a cuestas y tiene los ojos retráctiles, lo que es una gran ventaja en los tiempos que corren.

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El arte de sentirse ridículo

He encontrado este fragmento escrito por Flaubert en el libro El arte de viajar, de Alain de Botton. Es parte de una carta dirigida a Louise Colet y fechada el 21 de agosoto de 1846:

“Lo que me impide tomarme en serio, aunque yo sea de carácter más bien circunspecto, es que me siento ridículo, no con esa ridiculez relativa de la comicidad teatral, sino con la ridiculez intrínseca de la misma vida humana, y que se desprende de la acción más simple o del gesto más común. Nunca, por ejemplo, dejo de reírme cuando me afeito, pues me parece un acto completamente estúpido. Todo esto es muy difícil de explicar […]”

Creo recordar que era un profesor de mi hermana, en la facultad de psicología de Santiago, quien decía que un recurso muy útil para enfrentarse a una crisis de ansiedad es amasarse el culo como si fuera pan. La ansiedad y el miedo hunden muy frecuentemente sus raíces en una percepción excesivamente seria y rígida de la existencia. La capacidad de encontrar el absurdo en los momentos trágicos -o en los cotidianos, como explica Flaubert- nos lleva directamente a la risa.
La corriente filosófica que capta mejor esta verdad es, sin duda, el budismo Chan o Zen, según estemos en China o Japón. Parte importante del aprendizaje del iniciado se lleva a cabo mediante Koans, pequeños cuentos humorísticos que pretenden destacar el sinsentido de la búsqueda consciente de la Verdad. Una vez que renunciemos a ella, alcanzaremos la iluminación, el Satori, en japonés. El humor derrumba las convenciones y los prejuicios, los hábitos mentales que nos separan de todo lo vivo. Como dice Henri Brunel en el preludio a su libro Humor Zen (Olañeta, 2004), que os recomiendo a todos, “el humor es otra manera de enfocar la existencia, de interpretar el mundo. Relativiza, aligera, despierta. (…) En todas las épocas, frente a todas las religiones, en las culturas más diversas, deshace el orden autocomplaciente.”
Muchísimos son los ejemplos de filosofía Zen que hacen hincapié en esta importante realidad. Sôkan escribió un haiku que decía:

Sé bien que tienes las nalgas heladas,
pero no te acerques demasiado al fuego,
Buddha de nieve.

La irreverencia de estas líneas se olvida ante la fuerza vital que expresan. Sentirse pequeño, cómico, ridículo, es quizás la manera más honrada de encontrar y expresar la propia dignidad.
Se dice que, cuando Alejandro Magno se presentó ante el barril donde Diógenes vivía y le ofreció satisfacer cualquier deseo que tuviera, éste respondió: “Apártate porque me tapas la luz del sol.” En otra ocasión, cuando un cortesano le sugirió que si hubiera aprendido a adular a los poderosos no tendría que comerse unas simples lentejas que el filósofo estaba saboreando en aquel momento, Diógenes le contestó: “Y si tu hubieras aprendido a comer lentejas no tendrías que adular a los poderosos.”
Somos poca cosa. Somos ridículos, y risibles, y esto hace de nosotros criaturas dignas de salvación. Claro, no para nuestra sociedad occidental hipercivilizada, en la que es trascendente la elección de un partido político, de un equipo de un equipo de fútbol, e incluso de nuestro próximo teléfono móvil -que, por cierto, no es móvil, sino portátil-.
Ojalá a los políticos, en especial a los que guerrean, les diera por reírse cada vez que se afeitan porque lo encuentran un acto totalmente ridículo. Ya verías tú lo que nos duraban los sudores provocados por el estatut.