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El estadounidense, ese desconocido

Recuerdo perfectamente la primera vez que vi Brokeback Mountain. Fue en invierno, en un antiguo cine del barrio de Salamanca, en Madrid, durante mis primeras vacaciones de año nuevo chino. El público que asistió a la sesión estaba compuesto, principalmente, de señoras sesentonas y acomodadas a las que aquella película, como a mí, mostró un mundo lejano y desconocido. Aquella historia que transcurría en Wyoming, pero con constantes referencias a Texas, donde uno de los protagonistas vive la mentira de su matrimonio entre tractores inmensos y toros de rodeo, me abrió una puerta que no ha vuelto a cerrarse y asoma a las praderas y los desiertos de los estados menos conocidos de los conocidísimos Estados Unidos de América.

 Brokeback Mountain me llevó, como no podía ser de otra manera, a leer la obra de una de las autoras más deslumbrantes de la actualidad. En las antípodas de literatura como la de Paul Auster –se me ocurre– donde la banalidad se disfraza de trascendencia y es aplaudida universalmente porque todo sucede en Nueva York y los protas son guays e hiperconscientes, las novelas y relatos de Annie Proulx reflejan un mundo duro, implacable, que no se gusta nada a sí mismo y que le presta a la verborrea de la posmodernidad la misma atención que al estiercol de caballo. Todo lo que escribe esta mujer rezuma la autenticidad de la gran literatura y de la verdadera vida.

Después han sido muchos los escritores que se han añadido, en mi estantería, a la lista de autores que hablan de esa Norteamérica silenciosa: el sur de Harper Lee en Matar a un ruiseñor –una novela perfecta– o las desesperantemente aburridas ciudades de El corazón es un cazador solitario o la Balada del Café triste, ambas de la maravillosa Carson McCullers. La última de dichas incorporaciones ha sido Friday Night Lights, en forma de serie primero y de ensayo literario después. La historia es conocida, y gira alrededor del equipo de fútbol americano del instituto de una pequeña ciudad de Texas. La serie (2006-2012), que consta de cinco temporadas, se inspira en el libro homónimo, publicado en 1990 por H.G. Bissinger, y convierte en brillante ficción lo que en el ensayo es cruda y apasionante realidad.

Acabo de terminar de leerme en inglés –no hay, incomprensiblemente, traducción al castellano,– el libro de marras. Bissinger, un periodista del noreste estadounidense, decidió acompañar, a lo largo de toda la temporada de 1988, al equipo de fútbol americano del instituto Permian de la ciudad de Odessa: los Permian Panthers. Tomando como punto de partida y pretexto el deporte escolar, construye una lucidísima reflexión sobre los grandes problemas de la zona: el racismo, la implacable crisis desencadenada tras el boom petrolífero que convirtió Texas, durante unos años, en un ensayo de Dubai, el catastrófico modelo educativo estadounidense o las nefastas consecuencias de que la identidad social de toda una ciudad se construya alrededor de unos atletas adolescentes. No hace falta decir que Bissinger no ha podido acercarse a Texas nunca más.

Más allá de California y de Nueva York hay otra Norteamérica, y está llena de historias fascinantes. Ojalá autores de tanta calidad como Proulx, McCullers y Bissinger sigan contándonoslas.

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Sherlock está vivo

 

 

 

 

 

Las series en inglés forman parte importante de mi vida. Es, no lo dudéis, una confesión de amor. Me acompañan a la hora de la cena -triste siempre para los solteros, aunque más para muchos casados-, y me dan la dosis justa de ficción que necesito cada día.

Desde que comencé a practicar esto de la pasión serial son muchas las que he visto. Recuerdo todavía con emoción los primeros capítulos de Heroes, que veía recién levantado, durante los fríos amaneceres manchúes, antes de coger el autobús para ir hasta aquel pueblo de pescadores donde estaba mi universidad. Vinieron después Dexter, True Blood, Medium (que siempre he visto con especial curiosidad, pues transcurre en Phoenix, donde vive mi prima Bárbara, y me encanta hacerme una idea de cómo se vive por allí), Dead Wood, Los Soprano y tantas otras. Y aunque mi corazón hoy pertenece a Luther (gracias, Luis García y Luis Lloret por la recomendación), escribo esta entrada para hablar de la maravillosa Sherlock.

Quienes me conocéis sabéis de sobra que siento debilidad por Sir Arthur Conan Doyle, y en especial por la más carismática de sus creaciones: Sherlock Holmes -aunque siempre haya preferido a Watson-. Él, que ocupa por derecho un lugar en el Olimpo de los grandes mitos literarios, has sido, probablemente, uno de los más traicionados por posteriores versiones, refritos e interpretaciones. Hay, en mi opinión, dos Sherlocks. El original -un ser difícil, contradictorio, demasiado consciente de su superioridad intelectual, acomplejado emocionalmente y ciclotímico- y el producto de cultura popular, principalmente cinematográfica -plano, pobre, sin sombras y dueño de la estúpida frase “elemental, querido Watson”, que no aparece ni una sola vez en las novelas-. La amarga guinda del pastel fue la peliculilla que Guy Ritchie grabó en el 2009. Estética de videoclip, muchos puñetazos, una historia estúpida y unos actores que ni se habían leído los cuentos.

Hasta ahora, solamente había para mí dos excepciones en la trivialización peliculera del personaje: La vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder, magnífica se mire por donde se mire, y la inocente, pero fascinante para un niño, El secreto de la pirámide, de Steven Spielberg, que se centra en los aspectos más folclóricos de Holmes, pero consigue reflejar su encanto.

Hasta ahora, decía. Porque la BBC ha dicho, con Sherlock, la última palabra. En solamente tres episodios, la serie actualiza al personaje y lo convierte en un habitante más del atestado Londres del siglo XXI. Y lo increíble es que consigue ser más fiel a su espíritu que muchas versiones de época.

Los guiños a los lectores de Holmes son constantes en Sherlock: por ejemplo, las originales adicciones del detective -heroína y cocaína según su estado de ánimo- han sido sustituidas por una dosis triple de parches de nicotina cuando necesita concentrarse en un caso. La relación entre el protagonista y Watson está muy bien recogida, e incluye alguna que otro chiste a costa de la supuesta homsexualidad de Sherlock -tema que ya surgía en la película de Wilder-. El carácter de Holmes recuerda mucho al de las novelas: genial, pero desequilibrado, melancólico, intratable a veces, excesivamente consciente de su superioridad intelectual, celoso guardián de sus secretos más íntimos. Los admiradores de las viejas historias agradecerán, además, la aparición de Mycroft, el hermano inteligente de Sherlock, que pocos directores se han atrevido a sacar a la palestra, y que, en un interesante juego, el espectador leído confundirá, en un primer momento, con Moriarty, la némesis del detective.

Pero este asunto se merece un párrafo aparte. Porque los malos de Sherlock son de lo mejor de la serie. El taxista asesino del primer capítulo convence hasta tal punto que ahora voy a todas partes en bicicleta. El grupo de acróbatas chino -los criminales del segundo episodio-, y la historia del grupo mafioso del Loto Negro son también fantásticos y rinden homenaje a la parte más exótica de aquel imperio inglés en el que Holmes vivía y que llegó hasta los últimos rincones de Asia. ¿Y qué decir de Moriarty? Su nombre me produce escalofríos. Tenía miedo de verlo en carne y hueso, después de habérmelo imaginado tantas veces. Y no defrauda. El actor que lo encarna está, no lo niego, un poco sobreactuado, pero la trama del último capítulo, que gira alrededor del esperado encuentro de los dos archienemigos, es trepidante, y la aparición de Moriarty, al final, convence.

Pero lo mejor de todo, amigos, es ver que una de las grandísimas creaciones de la cultura popular sigue funcionando hoy en día. Sherlock está tan vivo como en la primera página de los relatos de aquel inmenso escritor y fascinante personaje que fue Sir Arthur Conan Doyle.

No os la perdáis. Yo, mientras, seguiré releyendo a Holmes mientras llegan nuevos capítulos de Sherlock. God save the BBC.

Un profesor en un avión

Escribo desde el aeropuerto de Hong Kong. Despedida oficial del verano, y de un diario que, no me engaño, ha dado poco de sí. Los últimos días en Madrid han sido una locura, como siempre: mucha gente que ver y poco tiempo. Aun así he conseguido ver a mi hermana Sara –fácil, siempre me quedo en su casa–, visitar a mis primos Vicente y Maite y a su hija recién nacida Teresita, visitar en mi cole a Ángel Rodríguez, mi ex profe de literatura y, el último día, desayunar con Jose Luis, comer con Carlos, tomar el café con Alejandro, cenar con Mónica y Silvia y otro café más con Crispi antes de hacer las maletas y dormir dos horas para después coger en Barajas el primero de tres aviones.

Los dos vuelos que por ahora llevo han sido tranquilos. Otra cosa ha sido el cambio de avión en el aeropuerto Charles de Gaulle de París, que es, de lejos, el peor de todos los que he visitado. No solamente por las colas kilométricas en los pasos de seguridad, sino porque los trabajadores con los que me he encontrado han sido de lo más antipático. La de los pasaportes, negra; el del cacheo, indio o pakistaní; caucásica la de las bandejitas… Todos bordes. “Bienvenidos al Charles de Gaulle, donde todas las razas olvidan sonreir.” Una gozada.

He visto, en vuelo, la película La clase, sobre un profesor de lengua y literatura francesas en un instituto conflictivo de París. Interesante. Nada que ver con la típica historia, tan sobada por el cine americano, de profe guay que se gana a sus alumnos malotes y los convierte en poetas o bailarines o músicos y da sentido a sus vidas. Aquí el profesor se cabrea, pierde los papeles, insulta a los alumnos… Lo pasa mal, vamos, y enseña también las uñas y las impefecciones, y los miedos y las vilezas que todos llevamos dentro, y sobre todo la inseguridad que un tío que se sabe observado por cuarenta personas que juegan siempre a buscar sus límites.

Da la casualidad, además, de que estoy empezando a leer El profesor, de Frank McCourt, donde el autor de la archileída novela Las cenizas de Ángela habla de sus 30 años como profesor de lengua y literatura inglesas en los institutos de Nueva York. Los primeros capítulos son interesantes –veremos si no se repite demasiado, que aún queda mucho libro–. Incide también en lo decepcionante que puede llegar a resultar la docencia, lo frustrante que es entusiasmarse enseñando y chocar constamente con el muro de la desmotivación y la indiferencia del alumnado. Tanto la peli como el libro me han recordado lo afortunado que soy por ser profesor en Taiwán, donde los chavales son, por lo general, muy agradables.

Eso que suena es el aviso de embarque de mi vuelo. Hoy no soy profesor, sino habitante de los aeropuertos, así que tengo que hacer caso de las voces. Madre mía, un minuto y la cola ya se ha puesto imposible.

¡Feliz inicio de curso a todos!

La iraní sin pelos en la lengua y la Guionistra de Cultura

Este verano he leído mucho y he visto muchas películas. No entraba en mis planes, pero así ha sido. Como siempre, tengo más suerte con los libros que con el cine. Pongamos un par de ejemplos que han sido especialmente significativos para mí.

El primero de ellos -ejemplo de lo bueno- es el cómic Persépolis, de la escritora y dibujante iraní Marjane Satrapi, que cuenta la experiencia personal de la autora desde su infancia hasta el final de su juventud: la revolución contra el Sha,  la inesperada islamización de dicha revolución, la terrible guerra contra Irak, el exilio en Europa debido a las asfixiantes condiciones políticas de su país… La obra está llena de humor, de amor, de reflexiones inteligentes y justísimas y, lejos de los maniqueísmos islamistas y anti-islamistas, nos muestra la sociedad iraní como un ente complejo sometido a tensiones extremas, hogar de progresistas que vieron frustradas sus ilusiones y también de musulmanes verdaderamente religiosos que son capaces de tender puentes con la población que no apoya la revolución.

Un libro para quien quiera aprender historia, disfrutar de las amenas –y a veces tan trágicas– anécdotas que vivió una mujer que siempre supo sacar lo mejor de su experiencia, y también para quien quiera recordarse a sí mismo que no todo Oriente Medio es musulmán, que no todo el Islam es islamista y que el enemigo es, en muchas ocasiones, amplificado por nuestro afán de generalizar y nuestro miedo.

Y ahora la cruz. Inevitable. Una de las películas que he visto durante el verano es Mentiras, y gordas, dirigida por Albacete y Menkes. He de reconocer que me puse en guardia contra ella cuando, en los títulos de crédito, me encontré con el nombre de nuestra Ministra de Cultura, guionista. Y no por motivos políticos –no sé de su gestión, vivo lejos–, sino puramente artísticos: hace unos meses, en Taiwán, cayó en mis manos una película sobre ETA. Se llama Están todos invitados y su protagonista es un poco convincente José Coronado. La peli es de esas que te dejan absolutamente indiferente: floja de cabo a rabo, insulsa, poco creíble… Y su debilidad empieza por las bases, porque el guión es un bodrio infumable lleno de tópicos, cuyo momento álgido es una escena en la playa que da vergüenza ajena. ¿Una de las autoras del desaguisado? Lo adivinan: la Mini. Así que cuando descubrí su nombre al inicio de la cinta, pensé: otro rollete vacuo.

Y me quedé corto. La película es un videoclip cuyo objetivo es enseñar las carnes de todos los yogurines con club de fans de las series españolas. La dirección de autores no existe. La interpretación es peor que  la de la obra de teatro de fin de curso de mis alumnos taiwaneses quienes, por cierto, vocalizan mejor que algunas de las jóvenes promesas de nuestro cine. Y el guión es, simplemente, obsceno, una ristra de tópicos baratos y repugnantes sobre la juventud y el exceso que termina con una moralizante muerte –para que no se note que el objetivo es enseñar tetas, culos y tabletas de abdominales– de un personaje que –puaj– era el más buenecito de toda la panda y una noche se droga demasiado porque se sufre por amor.

Y se me vienen a la cabeza dos preguntas:

1- ¿Es con estos argumentos con los que la Ministra nos quiere convencer de que veamos cine español en lugar de Gran Torino –gracias, Clint Eastwood, porque siempre me convences de que el cine no está acabado–?

2- ¿En qué está pensando Zapatero al asociar a tamaña perpetradora de guioncillos vomitivos con el Ministerio de Cultura?

Menos mal que uno es insistente y a veces se encuentra con películas como Mata HarisOcho mesas de billar francés, y se da cuenta de que personajes como nuestra Guionistra de Cultura no son los únicos habitantes del cine español. A los representantes del gremio: ¡Háganse un favor y no le den más cargos cuando deje el Ministerio!

Diario de verano V

Regreso al diario veraniego más de un mes después. Esta vez tengo excusa: una contractura horrorosa me ha mantenido alejado del teclado, y de casi todo lo demás. La primera semana tuve que dormir sentado, y hasta estos últimos días no he podido conducir. Así que me he pasado el mes en casa, acudiendo por las mañanas al fisioterapeuta, colgado de la tele y de los libros.

Acabo de terminar un documental sobre el comportamiento de Yahoo en China. Se puede encontrar por internet, lo emitieron en la 2. En él se explica cómo determinadas empresas –Msn, Google–, se autocensuran para que el gobierno chino no bloquee sus servidores. Es decir, aceptan las reglas del juego chino a cambio de un pedazo del inmenso y suculento pastel de los sinointernautas.

El caso de Yahoo es significativamente más repugnate que el de Google y Msn. Existen pruebas que demuestran que los amiguetes de Yahoo han proporcionado al gobierno chino datos privados sobre disidentes políticos que han terminado en la cárcel. La perversa colaboración entre el capitalismo y los regímenes totalitarios… No es nada nuevo, y se repetirá en el futuro.

Ya he cancelado mi cuenta de correo Yahoo, y también la de Flickr, que pertenece a estos individuos que se dedican a colaborar con la detención y encarcelamiento de personas que defienden los derechos humanos en internet. Habrá que piense que no es asunto mío, pero a mi me parece que sí lo es. No quiero tener una cuenta en una empresa que se dedica a denunciar a otros usuarios por dinero. La autocensura de Msn y Google es patética, pero de ahí a entregar a una persona inocente a las autoridades para que la enchironen y la silencien va un mundo.

Mañana o pasado escribiré la sexta entrega del diario de verano para, por lo menos, contar cosas un poco más bonitas. ¡Yahoo, caca!

La stella che non c’é (la estrella ausente)

Es difícil encontrar, en los días que corren, un retrato equilibrado de la China moderna. La mayor parte de la gente cae en los extremos y nos muestra, o bien una China idílica poblada de obreros rebosantes de felicidad gracias al sistema maoísta o a la filosofía taoísta -todo depende de las tendencias políticas del relator-, o bien una China mostruosa, degenerada, en la que la gente sufre una vida indigna de tal nombre y solamente cuenta para el estado como una célula sin personalidad ni derechos del inmenso cuerpo de la producción masiva.

Sobra decir que China no es ni una cosa ni la otra, como bien refleja la película que vi ayer: La stella che non c’é.  Italiana, del año 2005, dirigida por Gianni Amelio y protagonizada por el grandísimo actor Sergio Castellitto, es una de las descripciones que más se ajustan a la China que yo he vivido durante dos años.

Una China -perdóneseme el tópico- plaga de contrastes: socialista y capitalista a la vez -es decir, ninguna de las dos cosas-, llena de sabiduría y al mismo tiempo víctima de una gran ignorancia sobre todo aquello que no sea su propio ombligo, dueña de una serenidad excepcional relacionada con sus más antiguas tradiciones filosóficas y a la vez poseída de una crispación difícil de soportar en ocasiones, la película de Amelio muestra, con gran dosis de crítica, pero también de mano izquierda, el horror y el amor que siente, a partes iguales, un extranjero que se encuentra en el País del Centro sin preparación ninguna.

Lo mejor de la película, sin duda, la relación entre el protagonista italiano que, sin pensárselo dos veces, se mete en las entrañas de la China trabajadora del Oeste -Shanghai y las demás ciudades de la costa no son más que engañosos escaparates- y su traductora, una mujer a la que ha ofendido en su primer encuentro, y que es deudora y víctima de lo mejor y lo peor que puede ofrecer hoy al mundo la cultura china: paciente, discreta, dueña de una gran dignidad y de un delicado sentido del humor, pero también víctima de un sistema económico inhumano y marginada, a causa de su maternidad fuera del matrimonio, por una sociedad que une, en su intolerancia, las más rígidas normas confucianas -no reflexionadas aún a pesar de  su falta de vigencia en el mundo moderno- con el repugnante puritanismo socialista.

Si la protagonista femenina es una inteligente representación del la actual juventud china, el personaje que representa Castellito no lo es menos de lo más luminoso y oscuro dela vieja Europa: apasionado, guiado por un inquebrantable sentido del deber individual -que choca en varias ocasiones con la visión colectiva que la mentalidad china tiene del ser humano-, lleno de un amor propio que le permite estar en pie a pesar de ser un perdedor, pero víctima a su vez de la soledad y el desencanto -refinado e irónico, pero desencanto al fin y al cabo- a los que nos ha llevado en Occidente el individualismo -excesivo, sin duda, en ocasiones- de la vida moderna.

Y es que como dice Li en una escena de la película, “la caña de azúcar nunca es dulce por los dos extremos”. ¿Cómo  condenar en bloque a toda una civilización como la China? ¿O cómo idealizarla, negar que existe un lado oscuro -oscurísimo-? Y lo mismo se puede aplicar a la cultura europea. ¿Quién más sino nosotros ha llevado a los cuatro rincones de la Tierra lo mejor y lo peor de su manera de ver el mundo?

Esperemos a ver qué ocurre con China. Seamos exigentes con ellos en la misma medida que lo somos con los demás y con nosotros mismos, pero no les pidamos más -no sería justo- y, sobre todo, no nos escandalicemos como puritanas cada vez que hacen algo malo que se repite, aunque a escondidas, en nuestros patios traseros.

Ayer la película me recordó un poema de Kipling que creo haber mencionado ya en este blog. Dice:

Oh, East is Est and West is West, and never the twain shall meet…
But there is neither East nor West, Border, nor Breed, nor Birth
When two strong men stand face to face, though they
come from the ends to the earth!

[¡Ah, Occidente es Occidente y Oriente es Oriente, y nunca se encontrarán… / Mas no hay Occidente ni Oriente, no hay frontera, linaje ni cuna / Cuando dos hombres fuertes se encuentran cara a cara, así vengan de los confines de la tierra!]

Dos hombres, o dos mujeres, o una mujer y un hombre, como es el caso de La stella che non c’é. El ser humano es igual en todas partes, y basta querer entenderse para hacerlo -aunque a veces la dosis de buena voluntad necesaria para conseguirlo nos parezca excesiva-. Y no estoy dando un sermón: yo mismo, hoy en día, no soy capaz del sacrificio que me exige aceptar ciertas diferencias que existen entre mi mundo y la sociedad que me ha acogido, y que me están complicando la vida más de lo que quisiera. Procuro no juzgar la cultura china, pero ¡cuántas veces me sorprendo a mí mismo haciéndolo!

Me voy por las ramas. Vean, en todo caso, La stella che non c’é. Cuando terminen de verla,  sabrán un poco más de China.

¡Feliz cumpleaños, pedazo de gran M…!

Esta semana ha cumplido 40 años la Big Mac (Gran M…), buque insignia de la empresa McDonalds. Para celebrarlo he vuelto a ver el estupendo documental Super Size Me, que debería proyectarse en todos los colegios de todo el universo conocido.
Supongo que todos sabéis el argumento: un tipo de Nueva York decide comer tres veces al día menús del McDonalds durante un mes. ¿Reglas? Aceptar el menú Super Size cada vez que se lo propongan y terminárselo todo siempre.
Él mismo, al final de la película, reconoce que su propuesta es una exageración. Nadie en el planeta come comida basura tres veces al día, pero muchos estadounidenses lo hacen casi a diario. Sin embargo, esto no resta validez a los contundentes resultados que ofrece el experimento.
Sí, ya lo sé, hay algunos argumentos en contra. El primero de ellos, el consabido “hombre, estaba claro que es una barbaridad, cantado que iba a acabar fatal después de un mes”. El segundo y no menos manido, “ya, claro, pero es que somos libres de comer lo que queremos, ¿quién te obliga a entrar en el McDonalds?”
Vayamos por partes. El primer argumento en contra es totalmente falso. Hay que ver la película para comprender que ninguno de los médicos consultados a lo largo del mes se esperaba, ni de lejos, los devastadores fectos que tiene la MacDieta en el cuerpo del protagonista. En la primera semana gana 4 kilogramos, incrementando en un 5% su masa corpórea. A los 12 días alcanza un aumento de peso de 7’5 kilos. Acaba, además, desnutrido: todos los niveles de vitaminas descienden hasta menos del 50% del nivel recomendado por los médicos. Al terminar el mes pesaba 12 kilos más que al inicio de la película.
12 kilos. Pero lo más impresionante es la repercusión que tiene tal dieta sobre el hígado. Uno de los médicos compara el efecto de los menús de McDonalds con el del añcohol. Todos los especialistas que siguen su caso desde el principio le suplican, a las tres semanas, que pare, y ante su negativa le dan instrucciones sobre cómo actuar si tiene un infarto o una esclerosis hepática. Tras un mes, el protagonista siente decrecer casi hasta cero su vida sexual, padece constantes y agudos dolores de cabeza, se siente deprimido, agotado, irritable e inquieto, le dan taquicardias, cosquilleo en los brazos por la hiperglucemia y, por si fuera poco, reconoce necesitar la comida del McDonalds para ser feliz. En otras palabras, se convierte en un adicto, como ratifican los médicos y especialistas en dietética que aparecen en el documental.

En cuanto al segundo argumento, el consabido “¿quién te obliga?”, la película deja más que claro cuál es la influencia diaria de la publicidad de McDonalds sobre los niños. Entramos en el viejo y delicado debate sobre los límites legítimos de la publicidad, pero yo lo tengo muy claro en ese aspecto: todo anuncio dirigido a niños que presente un producto que pueda, consumido en exceso, ser nocivo para su salud debe decirlo claramente, como sucede con el tabaco. Más si se trata de un alimento que, consumido diariamente durante 3 semanas, puede provocar trastornos hepáticos y coronarios graves, como queda certificado por especialistas y análisis en el documental. Hablar de la perversa alianza entre Disney y McDonalds nos llevaría mucho tiempo.
Además –y en este aspecto la película no hace suficiente hincapié– las influencias del lobby de la industria alimentaria sobre los gobiernos, en particular sobre el estadounidense, son incalculables. Jamás la presidencia de EEUU recomendará dejar de comer un tipo de comida que es uno de los pilares más sólidos de su economía nacional, tanto en el comercio interior como en el exterior.
Por lo demás, la película es interesantísima por los pequeños datos que de cuando en cuando deja caer. ¿Por ejemplo? 2 litros de Cocacola (otros que tal bailan) contiene 48 cucharillas de azúcar, ¡48!; solamente siete productos ofertados por McDonalds no contiene azúcar, y las ensaladas “light” no están entre ellos…
Supongo que sabréis, amantes de lo “light”, la de calorías que tiene el azúcar refinado… No en vano una ensalada del McDonalds, una simple ensalada, contiene el 79% de la cantidad diaria de grasas que necesitamos. Casi nada. Como podréis ver en esta página web (http://www.nutrar.com/detalle.asp?ID=2436), el Comité Médico para una Medicina Responsable ha analizado las ensaladas de los restaurantes de comida rápida, llegando a resultado sorprendentes. la Crispy Chicken Bacon Ranch, por ejemplo, una vez preparada tiene más grasa (51 gramos) y calorías (661), y tanto colesterol como un Big Mac, que tiene 34 gramos de grasa y 590 calorías.
Además, como está cansada de demostrar Green Peace, McDonalds tiene una responsabilidad directa en la deoforestación de la Amazonía: allí se planta la soja con la que alimenta a sus animales. Aquí podéis descargaros el informe de la asociación ecologista:
http://www.greenpeace.org/raw/content/espana/reports/devorando-la-amazonia-la-resp.pdf
Por último, el documental habla brevemente de un experimento que ha llamado mi atención, y que debería hacernos reflexionar. Se trata de una prueba que están llevando a cabo en un centro estadounidense para menores conflictivos. El menú que les ofrecen es bajo en calorías. Evitan además los fritos, usan cereales integrales y todos los vegetales son de origen biológico. Sólo les dan de beber agua mineral: nada de zumos azucarados o bebidas gaseosas. Comen carne, no os vayáis a pensar, pero sin aditivos químicos, y cocinada correctamente. Pues bien: todos los profesores, médicos y psicólogos del centro están de acuerdo en señalar que el comportamiento de los alumnos ha mejorado desde que inició el programa. Su concentración y rendimiento es mejor, y se les nota más tranquilos. Mientras, en casi todos los comedores escolares norteamericanos (es uno de los momentos más contundentes y estremecedores de la película) la mayoría de los alumnos llevan una dieta verdaderamente terrorífica, mientras los centros educativos cierran los ojos descaradamente.

Las cosas están así. 40 años de Big Mac. Nosotros somos ya adultos: no nos emociona el último juguete de la peli de dibujos animados de turno, ni nos alegra la vida un payaso de pelo rojo. Algunos tenemos edad de ser padres, y aquí termina un ciclo para comenzar otro: no depende ya de que nos apetezca una hamburguesa, sino de qué les vamos a explicar a nuestros hijos. Yo les agradezco a mis padres que no me llevaran casi nunca, por mucho que pataleara, a los centros de comida basura. Es cierto que durante mi adolescencia me resarcí ampliamente, pero entonces ellos no podían hacer nada. Y, creedme, fue gracias a su educación que nunca entrara, con mis amigos, en uno de esos locales sin saber que me estaba haciendo daño a mí mismo. Ahora sé, además, que le hago daño al mundo también, y no es pequeña cosa.
Tenemos mucha más información de la que tenían nuestros padres y la información es, a fin de cuentas, responsabilidad. En nuestras manos está que el Big Mac cumpla 40 años más, a costa de nuestra salud y, sobre todo, de la de nuestros hijos.